Era algo extraño, diferente, jamás había visto nada parecido. Era un rectángulo, del tamaño de aquellas antiguas pantallas de ordenador, las primeras pantallas planas que existieron, de unos tres centímetros de grosor, parecía estar recubierto de una finísima madera hueca, pero con un tacto más parecido al de la tela, en su interior un suave material laminado que nunca había visto, tenía unos finos símbolos, un tanto extraños, y una especie de dibujos, muy raros, como si los hubieran grabado de una forma que no llegaba a comprender.Aquella situación me resultaba bastante extraña, al fin y al cabo, aquella mañana no había sido diferente de las demás. Me había levantado, a la misma hora de todos los días, me había vestido, con la ropa de todos los días y había cogido el portátil, igual que todos los días de mi vida hasta el momento, y esto era, definitivamente, lo que hacían todos los niños menores de dieciséis años en cualquier parte del mundo. De hecho, pensándolo bien, todos mis días eran exactamente iguales, siempre lo mismo, sin ningún cambio, hasta ese día.
Ese día, por alguna extraña razón, que aún no llego a comprender, decidí cambiar de ruta para volver a casa, y fue entonces cuando encontré ese extraño objeto en la basura, como si me estuviese llamando, precisamente a mí, Chris, un insignificante niño de once años, fue como si me atrajera hacia él, como si, de alguna forma quisiera que lo encontrara, aún no sabía lo que es, pero estaba dispuesto a descubrirlo.
De repente, alguien me habló, era un anciano, preguntándome si todo iba bien. En ese momento me asusté, pensé que lo mejor era marcharse de allí y, sin responder, salí corriendo. Corrí por las calles y avenidas, sin pararme, sin mirar atrás, hasta llegar a casa. Subí corriendo las escaleras y entré en mi habitación cerrando la puerta. Estaba confuso, no sabía porque había reaccionado así, me había dejado llevar absurdamente por el miedo. Entonces me senté en la cama y recordando aquel objeto decidí echarle un vistazo.
Desde que lo había encontrado, estaba confuso, a cada rato me distraía y cualquier cosa me despistaba. Ese día al volver de clase, decidí dar una vuelta algo más larga, quizá eso me ayudaría a aclarar mis ideas. Tras un tiempo dando vueltas por la ciudad me sentí perdido y un repentino mareo me obligó a sentarme. Me encontraba en una pequeña plaza, rodeada de edificios, nunca había estado allí y, sin embargo, me resultaba familiar, no conseguía recordarlo, pero sabía que la había visto en algún sitio. Un anciano apareció en la plaza y me recordó aquello que tantos días me había estado persiguiendo, ya sabía donde había visto aquella plaza. Sentado en el suelo abrí el objeto. Enseguida encontré la lámina que buscaba, con aquella imagen, la plaza que se encontraba ante mi estaba también dibujada en la lámina, pero había algo diferente. No paraba de mirar el objeto, alzar la vista, mirar a la plaza y volver la vista al objeto. Era impresionante, las dos eran iguales, pero al mismo tiempo tan diferentes… La imagen del objeto era preciosa, con aquella estatua en el centro, blanca como la tiza, rodeada de flores y miles de colores, todo el suelo era de piedra y la gente paseaba tranquilamente por la plaza rodeada de hermosos edificios de ladrillo. Pero cuando levantaba la vista del libro la gente desaparecía, el suelo se convertía en asfalto, abarrotado de coches, los edificios se transformaban en monótonas filas de casas de hormigón, las flores se marchitaban y la admirable estatua se volvía gris y agrietada, perdiendo todo su brillo y su majestuosidad y siendo sustituidos por una estatua vieja, que ha pasado mucho tiempo a la intemperie, mirando a toda la gente que pasaba junto a ella y sin recibir la mirada de nadie. El anciano se acercó y, aunque no recuerdo toda la conversación, sí recuerdo que me acompañó a casa, y por el camino me explicó que hacía unos años, antes de los ordenadores, había “libros”, como el que yo tenía en la mano, en ellos se creaban todo tipo de historias, arte e incluso se transmitían los conocimientos de una generación a otra; pero todo eso se había perdido, los ordenadores habían cambiado nuestras vidas, haciéndolas monótonas e, incluso, grises. Cuando llegué a casa tuve que acostarme, pues habían pasado demasiadas cosas y estaba muy cansado.
Días después, solo tenía clara una cosa, que mi historia no podía desaparecer en olvido y que si yo no recordaba al mundo lo que había olvidado, nadie lo haría, y fue entonces cuando me senté en mi mesa y empecé a escribir un libro que se llamaría “Namoxhuan”.
Lourdes Rivero y Óscar Abelda (4º ESO-A)

