Desperté en la soledad de mi celda y descubrí la luz de la Luna que se filtraba por las rejas de mi habitación, siendo un gran placer en el mundo de tortura en el que me hacían arrepentirme día tras día del gran crimen cometido, la matanza de mi bella mujer a los escasos veintidós años. No había sido el asesinato de un psicópata enfermo que disfruta de la muerte ajena, había sido el arrebato de locura del hombre que descubre que su mujer no es fiel al compromiso eclesiástico. De todas formas el tribunal había dictado sentencia, y a mis cincuenta y cuatro años aún seguía cumpliendo la cadena perpetua impuesta hacía treinta y uno.No contaba con el apoyo de nadie y las amistades con los demás presos me resultaban intolerables, por eso había pasado mi tiempo entre libros, realizando el duro trabajo en la que ahora consideraba mi única casa, la prisión.
Traté de encontrar el sueño, pero los gritos que entre llantos un nuevo recluso dirigía a su madre pidiendo auxilio me taladraban el cerebro impidiéndome relajarme.
Ése no era un mundo de relajación para razonar. Si lo que había hecho estaba mal, era un castigo que tenía que pasar para arrepentirme durante toda mi vida por los crímenes cometidos.
Decidí que no merecía la pena tratar de dormir y saqué el libro que encontré esa mañana en la biblioteca entre un pequeño montón, que según el bibliotecario, era una reliquia que llevaba en esa prisión desde casi su inauguración.
No lo abrí allí, pues gustaba de disfrutar de cada libro desde su apertura en la soledad de mi celda, donde ningún otro ser humano pudiese interrumpir mi concentración en lo que leía.
Descubrí que aquella “vieja reliquia” no era más que los datos de un montón de presos que fueron ingresados a partir de la apertura de la prisión hacía sesenta años atrás.
En mi decepción entré en cólera y maldije al bibliotecario, mas cuando me disponía a arrojar el libro lejos de mí, vi algo que cayó de él: una serie de papeles doblados en los que se veía el paso de los años marcado por el color y el desgaste.
Los abrí con cuidado y descubrí lo que parecía un pequeño diario que me dispuse a leer:
“Mi nombre es Jack Green, soy un periodista- decía el texto- tal vez ahora sea famoso, si mi última publicación en la que relato la posible relación del contrabando de armas con un importante ministro. Si eso funciona quizás la influencia del pueblo haga que el maldito presidente me saque de esta celda y retire mi sentencia de muerte por estos malditos crímenes que yo no he cometido. ¡Por Jesucristo! ¿A quién se le ocurre pensar que alguien como yo va a ir por ahí desvirgando chicas para luego quemarlas?
No entiendo bien que han podido sospechar de mí para cargarme de ello, pues ni siquiera han tenido la consideración de decírmelo… ¡Malditos!”
En ese momento acababa el primer papel y rápidamente me dispuse a leer el siguiente:
“Ayer se acercó el carcelero y por eso dejé de escribir, no sé que haría si me descubriese con ellos, aunque supongo que los quemaría y me robaría este bien tan preciado que conseguí agenciarme a cambio de unos pocos cigarrillos. Me invade el miedo a menudo en este horrible lugar, y más ahora que he conocido unas noticias pésimas a manos del chico que me consiguió los papeles… He sido informado de que el presidente ha mandado quemar todo mi trabajo y ha anunciado el día de mi muerte, pasado mañana a las dieciocho horas, en la horca. Además ha anunciado que unos crímenes tan terribles como los que supuestamente he realizado merecen también el peor de los castigos, y asimismo mañana a las quince horas seré testigo de otra defunción igual para poder mirar a la muerte a los ojos, que se acerca a mí a paso acelerado… Sólo me queda rezar y ver al cura el día de mi condena, a quien espero convencer de mi inocencia.”
Así acababa el segundo papel, observé conmocionado que sólo quedaba uno, y obligué a mis cansados ojos, por la lectura en la penumbra, a hacer un último esfuerzo:
“Hoy he descubierto la miseria humana, he sido testigo de su crueldad y su vil organismo del terror, la pena de muerte.
No podéis imaginaros lo que es acudir de público a uno de estos actos… Y menos aún en mi situación. Vi como se realizaban todos los trámites y observé que no le daban importancia; ninguno sentía un ápice del nerviosismo y el terror que yo sentía en mi interior. La muerte de esa persona no era para ellos más que trabajo, y no veían ningún escándalo en privar a alguien de su vida… Siempre que así lo dictase la ley, por supuesto.
Observé cómo el condenado entraba en la sala y miraba a ambos lados con la cara de terror mudo que una oveja le dirige a un lobo o un ratón acorralado a un gato… Y en ese instante se puso a gritar: - ¡NO! No pueden hacerme esto… soy inocente. ¡Soy inocente! Yo no maté a aquellos ancianos… ¡NO! – Comenzaron a hacerle subir las escaleras de la horca y en ese momento sus gritos pasaron a incoherencias sin sentido que perforaron mi alma pero no dejaron ninguna secuela en ninguno de los presentes.
-¡No quiero morir!-Gritaba el hombre- ¡Padre! ¡PADRE!- Se dirigía al cura al que debía haberse confesado…- ¡Júreme la existencia de Dios! ¡Por favor! No quiero morir… No quiero…- El cura contrajo la cara y salió de la habitación, pero el chico no lo supo, pues ya le habían puesto una capucha encima de la cabeza y le colocaban la soga, a lo que respondió con un brutal grito que pude escuchar antes de cerrar los ojos para no ver su caída.
Al parecer murió por una rotura del cuello, y creo que tuvo suerte, pues no quisiera yo sentir mañana las agonías de la asfixia…
Sin embargo, aunque no lo sepa el presidente… ¡Maldito sea él y su rebaño de ayudantes que son capaces de condenar a un inocente por saber demasiado!... Creo que la experiencia de hoy me ha cambiado en grado sumo,… he decidido que mañana, pase lo que pase miraré a la muerte cara a cara sin miedo. Me confesaré al cura y con mi convención de la existencia de Dios dejaré que me lleven a la horca sin suplicar ni un ápice. Y una vez allí miraré al presidente a los ojos y le sonreiré, ¡me cueste lo que me cueste!”
Me pegunté si acaso el preso del día anterior no habría pensado algo parecido y traté de imaginar cómo reaccionó finalmente el periodista el día de su muerte… También se cuestionó a la presunta inocencia del hombre y sobre si no habría tenido mujer, hijos, o familia… Definitivamente era una pena, era una auténtica pena que un país por sus propios intereses fuese capaz de sacrificar inocentes si fuese necesario con tal de conseguirlo… Pero que se podía esperar… Estábamos en el siglo XXI, la época de la libertad y las oportunidades para todos ¿no?
Rafael Carretero 2º Bachillerato A


2 comentarios:
Iba a irme ya de este blog cuando, ha venido a mis ojos, tu relato como si quisiera hacerse camino.
Cuando lo he terminado de leer me he quedado sorprendida, meditando...La verdad es que has unido el horror de estar prisionero, la libertad que da la lectura de los libros, la intriga que has mantenido hasta el último momento, la denundia de un gobierno totalitarista y, todo ello, envuelto en un mar de sentimientos y reflexiones.
La impresión que me llevo de muchos de los cuentos que habéis escrito es de madurez, de que sois chicas y chicos con unos valores muy difíciles de encontrar en la sociedad que estamos. Me voy contenta; incluso, déjame que sea más rigurosa: ¡esperanzada! por la juventud que, el día de mañana, seréis los adultos que la integren. Transmíteselo a todos tus compañeros. ¡Gracias!
Es cierto que los libros te abren al mundo, te dan libertad. También es cierto que nadie tiene derecho a arrebatar la vida de su pareja por no haberle sido fiel. Por supuesto que los crímenes hay que pagarlos pero no con la pena de muerte, tenemos recursos legales para ellos.
Es un relato extraño, pero me ha gustado.
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